Se miraban con esa mirada de dos que solo dos entienden. Se burlaban uno del otro. Se reían, y volvían a empezar. Eran como dos niños jugando a juegos de adultos sin querer tener consciencia de que bien sabían las reglas, que tres veces un 6 era coger tu ficha y volver a casa; bien sabían que eso no era un juego, que había consecuencias, pero también era divertido tirar los dados y probar suerte, tan adictivo como la nicotina, el sexo, el chocolate o la buena música. Entre otras miradas, se buscaban sin buscarse, en vanos intentos de mostrar desinterés, avanzando un par de casillas y retrocediendo el doble, como quien cae en el segundo puente de la oca. Pero lo cierto es que no necesitaban más que miradas para saber que no era desinterés ni mucho menos todo aquello, que no eran jueguitos, que no eran simples dados que se lanzan al aire y ya no hay más que el azar. Ahi estaban, cada uno a lo suyo, hasta la próxima semana si había suerte, buscandose si, pero sin prisa. Ambos tenían c...