Un lugar efimero

Y alli estaba ella, con las piernas colgando sobre la cornisa del tejado, la luz del sol cegaba sus ojos, mientras ella, en su obstinada cabezoneria intentaba mirarlo fijamente; respiraba lentamente, sintiendo cada mota de polvo transportada ligeramente por la suave brisa cochando contra su cara, en un silencio roto solo por el bello canto se las recien llegadas golondrinas. Las envidiaba, iban de aqui a alla, a su antojo, aprovechandose del viento, movidas solo por su instinto, sin ninguna preocupación más que alimentarse y obtener refugio en el frío invierno. Sin duda las envidiaba, recorrian kilometros y kilometros sin dar cuentas a nadie, bajo el amparo del sol y su calor, libres, libres de toda atadura. Ensimismada, el rugido de la puerta rompio el hilo de sus pensamientos, era la hora de volver a la realidad

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