"Un lugar efímero"
Allí estaba, con las piernas colgando sobre la cornisa del tejado, la luz del sol cegaba sus ojos, mientras ella, en su obstinación intentaba mirarlo fijamente; respiraba hondo, sintiendo cada mota de polvo transportada por la suave brisa contra su cara, en un silencio roto por el bello canto de las recién llegadas golondrinas; las envidiaba iban de aquí a allí a su antojo, aprovechándose del viento, movidas solo por su instinto, sin ninguna preocupación salvo sobrevivir. Sin dudarlo, viajaban kilómetros y kilómetros sin dar cuentas a nadie, bajo el refugio del calor, libres.
Abstraída, el rugido de la puerta del jardín corto el hilo de sus pensamientos, era el momento de regresar a la realidad.
Con un enérgico salto, dejo atrás la ventana que conectaba su cuarto con el tejado; el contacto de sus pies descalzos con el frío mármol causó que se le erizará el vello de la nuca, antes de avecinarse escaleras abajo.
Al descender por la escalinata de piedra, un embriagador aroma a hierba buena y tierra mojada invadió sus fosas nasales, mejorando tanto su talante como su respiración, esta ultima entrecortada por la carrera. Hubo de entornar un par de veces los ojos para poder diferenciar entre los rayos solares la figura esbelta de quien había roto sus divagaciones.
El intruso, o invitado, aguardaba en la entrada del jardín, apoyado todo su peso sobre la puerta exterior, y luciendo una cegadora sonrisa que inundaba por completo su semblante. Ella, no pudo evitar emitir un ahogado grito de sorpresa, seguido de un rubor en sus mejillas cuando por su cabeza paso el pensamiento de lo tremendamente atractivo que parecía… ¿Qué hacia allí?.
- ¿Así recibes a las visitas? No me extraña que apenas tengas …― saludó el chico con un tono burlón―.
- Bah, ¡Cállate! ― se quejó―.
Bajo los últimos escalones corriendo y se avalanzó sobre el muchacho, abrazándolo; este no pudo evitar reír ante tal recibimiento, quedando inmóvil para corresponder al abrazo, mientras el mundo entero parecía haber desaparecido. Sin golondrinas, sin luz deslumbrante, sin frío en los pies.
- Bueno, suéltame imbécil… ¿Qué haces aquí? ― preguntó la chica, entre cuyas virtudes nunca había estado la sutileza, al tiempo que intentaba ocultar su rostro―.
- ¿Tú qué crees? Te he echado de menos tonta del culo ― susurró, sonriendo aún más. Se separó de Ella, secando las gotas que corrían por sus mejillas, sintiendo su suavidad y calidez, en parte provocadas por el apreciable sonrojo ― Deja de llorar, que pareces más fea de lo que eres anda…
La joven le respondió con un golpe en el brazo, seguido de un “¡Te odio!” embozado en una sonrisa. Ambos rieron.
Poseían una amistad forjada por el paso de los días y charlas absurdas: unos lazos hermosamente frágiles que ninguno quiso destruir con “algo más”. Sin embargo el azar o el destino, separo sus caminos meses atrás; un periodo relativamente corto durante el que ambos se habían extrañado más de lo que jamás pensaron ser capaces.
Llevaban ya un largo rato hablando sobre esto y aquello, sentados en la misma escalinata de roca, cuando la luna apremiante, comenzaba a ganarle terreno al Sol bañando sus rostros en plata. La brisa, se había convertido en un fino y gélido aliento, que parecía rasgar la piel, mientras ella empezaba a arrepentirse de seguir descalza, tiritando. Al darse cuenta, Él intento abrazarla, pero la joven, al advertir esa intención se zafó, levantándose bruscamente, para subir las escaleras, tropezando en varios escalones antes de entrar a casa “a por una chaqueta y unos calcetines”.
Entro como un huracán en su habitación, dando un portazo a sus espaldas que retumbo varios segundos en las paredes. El silencio se apoderó de la estancia; Suspiró, estaba actuando como una adolescente. Decidió que bajaría ahí y expondría las cartas sobre la mesa.
En el exterior de nuevo, el chico observaba como la luna iluminaba el rostro de la joven mientras bajaba lentamente la escalera. Cuando ella quiso comenzar a hablar, él le tapo la boca con su mano. El semblante del muchacho era sombrío, frío.
- Espera, déjame relatarte la verdadera razón por la que estoy aquí― Ella se sorprendió, pero espero a que el chico continuara su narración ― Hace 7 meses, no me marché a Houston por ninguna beca. Te mentí. Buscaba una cura, no la encontré, y no creo poder hacerlo, supongo que m-e, me muero…
- Oh, no pensarías enserio que me tragaría esa histo…―dijo dudando de haber escuchado bien; pero él seguía igual de serio, con la mirada perdida, no parecía estar bromeando; su mundo se quebró ― No, dime que no es cierto ― suplicó―.
Se aferró a su amigo con todas sus fuerzas; Había aceptado la explicación de la beca y lo había dejado marchar al otro lado del Atlántico, y vivir todo aquello solo, sin sospechar nada. Notó como se le desgarraba por porciones el alma entre sollozos.
Estuvieron así unos largos minutos que bien podrían haber sido eones hasta que el joven recuperó su semblante habitual, no le gustaba verla de ese modo: levantó la cabeza de la chica, juntando su frente a la de ella, pidiendo en silencio que dejara el llanto. Ella, lo miró a los ojos, secando las lágrimas con la manga de la chaqueta, se armó de valor, y le besó.
Le pilló completamente desprevenido, su corazón dejó de latir unos instantes, inmóvil con sus pómulos completamente rojos. No esperaba esa respuesta, había imaginado un beso entre ambos innumerables veces, pero no en aquel momento.
- Y-y-o… no he venido a por tu lastima… ¿me has escuchado? no existe futuro conmigo…―refunfuñó él entre dientes―.
- ¿Y?¿Vas a permitir que te gane el miedo? ¿Que consuma tu presente? Lo que he escuchado es que no tenemos tiempo que perder― se levantó y le tendió la mano― Vamos idiota.